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Siete años con Patrick Jane

Bueno, pues ya se ha terminado “El Mentalista” y tengo que dedicarle unas líneas después de lo que ha significado para mí. Llegó a nosotros como una serie medio desconocida; era nueva, no se sabía que iba a tener la repercusión que ha tenido, ni que sería prime time, ni nada de nada. ¡Qué ibamos a saber! … Sigue leyendo

  • Si miro hacia atrás, he sido más bien de mirar por mis garbanzos que de meterme a redentora, pero en los últimos años están pasando cosas que hacen que mis circunstancias sean lo de menos dentro de la marea de injusticia y de salvajadas que nos están haciendo, porque afectan a mi carrera profesional y a mi vida. No puedo evitar mirar más allá de mi ombligo y querer, como mínimo, difundir y concienciar a los que me rodean de la tomadura de pelo y el ninguneo a la que nos someten, del país de procesiones y pandereta que es éste en el que vivimos y de la vergüenza internacional en la que nos han convertido. No tiene otro nombre. Me dicen que qué pesada, que me calle ya, que dejemos el tema y que fíjate, me he hecho antisistema. Y eso que a mí no me afecta lo de las hipotecas porque tengo un piso propio, que a mí qué me importan los parados si tengo mi empresa, que qué hago quejándome del sistema educativo si estudié en un colegio de pago, si soy como ellos; que a ver si me gustaría que viniera una dictadura de izquierdas y me quitara mis propiedades. No "me he hecho antisistema", pero no asumáis que soy de los vuestros: lo que yo tengo me cuesta mucho mantenerlo sin ser igual de pobre que el resto de los españoles, porque el gobierno de mi país me está sangrando igual que a todo hijo de vecino. Porque mi empresa se tambalea día sí día no, sometida a pagos "cuando el cliente quiere" y con impuestos que liquidar sin retrasarme un solo día, sin crédito ni liquidez. Porque tengo que tener trabajadores autónomos en lugar de contratarlos y porque pese a todo, cobran antes que los socios porque sin ellos no hay empresa que valga y no se puede dar el servicio. Porque no tengo ayudas para que mis empleadas en edad de tener hijos puedan tener una buena prestación bajo contrato y porque ni yo misma puedo conciliar mi carrera profesional y académica con la vida familiar. Porque en el contexto socioeconómico de hoy, ni yo misma me contrataría por mi edad y mi formación -no podría pagarme el sueldo que marca el convenio y no podría asumir una sustitución por maternidad. Y no me gusta. Quiero mejores condiciones para mi plantilla. Quiero una vida mejor para mí, para mi familia y para los que vengan después de mí, como todos. Pero para eso hay que pasar por mejorar las cosas para todos. Dicen algunos amigos con hijos que cuando llegas a los 40 se te pasa y todo te da igual, mientras a ti te vaya más o menos bien. Me quedan escasos 3 años para llegar a esa edad y dudo mucho que deje de pensar en lo que pasa a mi alrededor. Y si me pasa eso, que alguien me dé un guantazo porque lo tendré bien merecido. Siempre hay prioridades, está claro, y la gente se busca la vida, tiene hijos, le preocupan otras cosas y si ellos están bien, ancha es Castilla: error. Si no hacemos nunca nada, si no movemos a los que no se mueven, explicamos a los que no entienden, actuamos en la medida que nos sea posible para que las cosas cambien, ¿qué podemos esperar? Hay que tomar partido. Pero es más fácil ir de mártir, que bastantes problemas tenemos ya cada uno en su vida y virgencita que me quede como estoy. Sí, he tenido la suerte de tener unos padres que tuvieron trabajo y dinero para invertir en nuestra educación: no tuve que ponerme a trabajar hasta que yo no quise -cosa que hice a los 17 años mientras estudiaba para no ser una carga- y no he conocido la escasez. Pero a mi alrededor hay mucha gente que después de una vida entera trabajando hoy son más esclavos que nunca, o no tienen nada, más que el olvido del Estado. Todos tenemos derecho a vivir en una casa, a estudiar, a que nos curen si estamos enfermos y a tener voz y voto en lo que pasa en nuestro barrio, en nuestra ciudad y en nuestro país, y a saber en qué se gasta el dinero de nuestros impuestos. No puedo quedarme indiferente. Y como yo, todos los que hemos tenido cierta suerte en la vida tenemos la misma responsabilidad que los que hoy no tienen techo, o necesitan ayuda. Por eso no quiero quedarme callada. No se puede obligar a nadie a ser solidario, pero sí se puede concienciar a la gente de lo que está pasando y de cómo podemos cambiarlo, para que esa solidaridad venga de donde tiene que venir, o mejor aún, no sea necesaria porque logremos unas condiciones de vida dignas para todos. Es una cuestión de responsabilidad.  
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