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Yo, traductora

Overwhelmed & Flabbergasted

En la universidad nos enseñaron lo que era la traducción literaria y cómo enfocarla. Nos enseñaron, como en traducción audiovisual o jurídica, a identificar los problemas de traducción; a decidir una estrategia, una forma de abordar el texto y  a no olvidar nunca que teníamos entre manos un texto que iba a leer un público concreto. No nos advirtieron de que una cosa era la traducción literaria y otra, la traducción de libros. Pero eso lo descubrí pronto, al entrar en el mundo editorial e iniciarme en la traducción de literatura juvenil y de consumo frente a lo que yo llamo “literatura de altos vuelos”.

Trece años después de entrar en la profesión a través de los cómics y de la narrativa juvenil, y uno después de que se cumpliera uno de mis grandes sueños profesionales, trabajar con productos Star Wars, he tenido la oportunidad de enfrentarme a un texto perteneciente al ámbito de los “altos vuelos” literarios.

Grosso modo y adelantando la conclusión, la diferencia fundamental entre la traducción de “Literatura” y la de “libros”  es que la preparación y los conocimientos que requiere traducir un texto erudito están muy  lejos de las exigencias de un texto divulgativo. Un Star Wars o un Warhammer requieren un esfuerzo ingente de documentación y un dominio total del campo concreto, es casi una traducción especializada.  Un libro sobre cómo conquistar a tu pareja plantea retos muy distintos: el mayor esfuerzo del traductor se centrará en el tono y la adaptación al público concreto al que va destinado. Pero un texto literario “de altos vuelos” requiere, además de todo eso, una amplísima cultura general y reflejos rápidos para identificar referencias cruzadas, citas, razonamientos y pensamientos que nacen de una ideología y de una experiencia vital muy marcada.

De este modo, al traductor de “Literatura” se le reconoce su erudición y su cultura, ahí reside su profesionalidad. Mientras que al traductor de “libros” se le reconoce la rapidez y que tenga una tarifa competitiva y eso es cuanto importa al editor. Pero no voy a desvelar los entresijos de nuestro querido mundillo editorial en este post.

El texto en cuestión era una novela de Kenzaburo Oe, “Renacimiento” (Changeling). Sin embargo el encargo inicial no era la traducción, sino el editing (adaptación y corrección) de una traducción ajena, que previsiblemente resultó más costoso con diferencia que si hubiéramos vuelto a traducir el libro por completo.

Reescribir ese texto fue una experiencia muy didáctica y enriquecedora, porque me supuso un doble reto de los que tanto me gustan. Por un lado tuve que rebuscar en lo más hondo de mi memoria todos los conocimientos de poesía y de literatura francesa adquiridos en la secundaria; por otro, no podía perder de vista el destinatario del texto, un lector más bien culto, ni tampoco el estilo del autor.  El texto exigía poner en marcha todas las herramientas que me dio la formación universitaria, tan práctica en el caso de nuestro programa.

Tras retomar lecturas diversas para  sumergirme en los contextos y problemáticas que planteaba el autor, después de maravillarme y desesperame ante la envergadura de los conocimientos que reflejaba la novela y sentirme inmensamente agradecida por saber todo lo que sé, pude quedar relativamente satisfecha; relativamente, porque pese a haber realizado una adaptación meticulosa y, junto con mi equipo, una corrección exhaustiva, se tendría que haber retraducido el libro. Una traducción la tiene que hacer un traductor nativo del idioma al que traduce, lo cual no era el caso. Como mucho, si la editorial cree que la complejidad o hermetismo de la cultura de origen está fuera del alcance del traductor, se puede encargar el trabajo a un equipo formado por un nativo de la cultura original y un traductor. Tampoco entraré en la definición de este término.

Mi nombre, o mejor dicho, el de la empresa, sólo constará oficialmente  en el apartado “adaptación y corrección”, ya que el contrato no se podía modificar a pesar de que la edición que se vende hoy en las librerías nada tiene que ver con lo que nos dieron inicialmente para “corregir”. Pero yo sabré que ese texto es, en un elevado porcentaje, producto de mi interpretación y de mi reexpresión del código, de mi esfuerzo; no el de las horas invertidas en el editing, sino el de toda una vida de estudio y sacrificio, desde el Liceo Francés hasta la Universidad de Tokio, pasando por la Universitat Jaume I.

Sobre todo,  esto me ha demostrado que todos esos años, la vida en Tokio y la continua inversión en mi formación como traductora valieron la pena y constituyen mi tesoro más preciado y mi herramienta más valiosa. Pero también he entendido lo que significa traducir a un premio Nobel de literatura como Kenzaburo Oe y qué problemas va a plantear; algo que se puede uno imaginar pero que en ningún caso llega a comprender a través de la mera lectura de sus obras.

Overwhelmed y flabbergasted son los adjetivos que se dibujan en mi mente.

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