//
you're reading...
Japón y yo

Karate-do o "el camino de la mano vacía"

Tetsuo Narikawa fue el actor que encarnó a Spectroman, una serie memorable del género sentai. Pero también fue mi maestro de karate durante el tiempo que viví en Japón. Fundó la escuela Seidokai, dentro de la corriente Genseiryu, con elementos de la escuela shotokan. Pero este post no va de karate,  sino de lo que significó para mí integrarme en una faceta de la cultura japonesa tan idiosincrásica como lo es la práctica de un arte marcial.

Unos días después de llegar a la residencia de estudiantes donde pasaría los siguientes dos años, en Komaba Todaimae, junto al campus humanístico de la Todai (Universidad de Tokio),  descubrí la sala multifunción, que allí recibía el nombre de tamokuteki hall. Allí se practicaba durante la semana una serie de actividades: música, talleres de idiomas y deportes entre los cuales se encontraba el karate.

Desde que abandonara las típicas actividades de chica a las que me habián apuntado de muy pequeña, como ballet o gimnasia rítmica, soñaba con practicar karate pero mis padres no tenían esos planes para mí y cuando ya tuve poder de decisión era demasiado mayor (o eso creía).

Entré en el tamokuteki hall y cuál fue mi sorpresa al encontrarme allí a Pierre Giner, un amigo que había conocido en el círculo del manga gracias a Estudio Inu.  Después de que me explicara rápidamente que solía practicar allí porque era  gratuito, no sin dejar atónitos a los maestros de karate que nos miraban con expectación al oírnos hablar en francés, Pierre me presentó y los profesores me invitaron muy cortésmente a sentarme junto al dojo improvisado y observar la clase.

Poco después supe que se trataba de Tetsuo Narikawa, el shihan o gran maestro de Seidokai, que era la rama que allí se practicaba, y que además era un hombre muy importante en el escenario del karate profesional en Japón.

Lejos de casa, recién llegada y con la brújula un poco alterada, el karate me dio un apoyo, un punto fijo donde mirar cuando me mareaba  que se prolongó durante toda mi estancia y, más allá de las clases gratuitas de la residencia, en el entrenamiento en el dojo principal, donde el maestro Narikawa enseñaba a grupos reducidos.

Allí comprendí qué lugar ocupaba el karate en la vida de los karatekas; cómo podía ayudar a controlar la concentración, el cuerpo, la energía vital. Entendí el concepto del ki.

Solía desanirmame porque me faltaba fuerza y velocidad e incluso comparándome con los niños que practicaban en la clase anterior a la mía,  estaba a años luz de poder dar un golpe efectivo. Pero allí la perfección se conseguía a base de insistencia, repitiendo una y otra vez las técnicas, las posiciones, hasta que saliera bien. Paso a paso, con paciencia y concentración.

Entendí que concentrarse era más bien abstraerse; cuando se entraba en el dojo, todos los problemas quedaban al otro lado de la puerta. La morriña, las prisas, los amigos, los estudios… todo quedaba ahí fuera durante un rato que debíamos dedicar a nosotros mismos. Y esos ratos son los que me salvaron en los momentos más difíciles.

Abstraerme y empaparme de la sabiduría de mi maestro y sus discípulos más avanzados.

Poco después de implicarme más a fondo, tanto el maestro Narikawa como Tomoka, su hija y también instructora del dojo familiar, mostraron mucho interés en mi situación en Japón, en mi relación con la universidad y con el karate.

Allí, después de la clase, solía haber una charla informal con los alumnos en la que se hablaba de la vida en Japón, de los viajes del maestro, de la vida de los estudiantes que nos entrenábamos allí. La esposa del maestro, también karateka, sacaba algún refresco y algo para picar y nos invitaba a relajarnos un rato en compañía de su familia.

Para mí, que había perdido a mi madre 6 meses antes de llegar a Tokio y que no tenía la menor idea de cómo enfrentarme a esa realidad cuando volviera a España, la acogida de Seidokai fue la salvación; como colocar un timón en un barco a la deriva.

Cuando por fin decidí volver a España, aparte de invitarme a comer a un restaurante con vistas espectaculares y de regalarme todo tipo de accesorios para seguir practicando karate, el maestro Narikawa me recomendó al dojo de Seidokai que llevaba en Madrid el shihan Benjamín Reyes. Pero sólo pude ir una vez.

El 2 de enero de 2010, el maestro Narikawa falleció a la edad de 65 años. Con él se fue una parte importantísima de mi vida, casi una segunda familia de la que aprendí mucho más que disciplina y técnicas en un momento crucial de mi juventud. Hoy, por fin, tras volver a Tokio después de varios años, he reunido valor para mirar atrás y escribir sobre ello.

Anuncios

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: