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Japón y yo

La Monbusho

Hay que irse de Erasmus porque te da experiencia. Sales de casa de tus padres, ves mundo, te diviertes. Y cuando ya te has divertido bastante, hay que irse a trabajar o a estudiar al extranjero pero en serio. Es necesario.

Después de haber estado en Francia, en Inglaterra y varias veces en Japón, en estancias de estudios cortas, en el año 2000 me fui a Tokio con una beca Monbusho (ahora, Monbukagakusho) del Ministerio de Educación japonés. Era una beca de posgrado que me iba a permitir desarrollar un proyecto de investigación sobre el lenguaje del cine y la traducción del japonés al castellano.

En este post no me voy a centrar en la parte académica sino en la parte más humanística. En la otra formación que hemos tenido el privilegio de obtener mediante esta beca: vivir en Japón por un periodo prolongado, conocer mejor la cultura y al pueblo japonés; conocernos más a nosotros mismos, aislados y fuera de contexto como estamos cuando llegamos allí.

Cuando mis alumnos me preguntan si cuesta mucho aprender japonés, si hay que irse para allá a estudiar… aunque sé que hay quien ejerce como traductor, como profesor o experto en la materia sin haber pisado tierras niponas y estando muy verde en lo que yo llamo sexto sentido lingüístico, prefiero decir que sí, que cuesta mucho y que no se termina de aprender jamás. Hay que estar en contacto con la lengua y la cultura para estar al día de su evolución pero, sobre todo, para alguien que quiere dedicarse a traducir, es necesaria una inmersión total que permita asimilar cuestiones de pragmática, de contexto y meramente culturales.

Pero sobre todo por la riqueza que te da salir de tu casa y vivir en el país que tanto admiras; tal vez te guste más, tal vez te decepcione, pero sea lo que sea lo que descubras sobre ese lugar, te revelará la misma cantidad de información sobre ti mismo y sobre tu relevancia en el mundo como elemento representativo de una cultura.

La primera fase es la de observación. Llegamos allí perdidos, no sabemos cómo funciona nada; sí, nos han preparado en la universidad pero no es suficiente porque ningún profesor puede prepararte para enfrentarte atus propias reacciones, a veces de rechazo, a veces de incomprensión. Otras veces, de entusiasmo desaforado, por qué no.

La segunda fase es la de adaptación, en el sentido de cambio de mentalidad para ajustarse al desfase: se inicia cuando empiezas a asimilar todo ese input que estás recibiendo sólo con pasear por la calle. Cuando empiezas a aplicar tu criterio para digerir la información que te rodea. Esto requiere una cierta disciplina porque a veces nuestro criterio, el que llevamos “de serie”, no concuerda con lo que estamos viviendo y no resulta fácil digerir lo que pasa a nuestro alrededor. En esta fase ya tienes amigos y ya te relacionas con gente, japoneses y de otras nacionalidades; alguna te aportará más, otra menos -otra simplemente será un apoyo para salir por ahí. Como hacemos en todas partes para tener una vida relativamente normal.

La tercera fase es la de comprensión (casi diría “revelación”, pero queda demasiado místico), en la cual te vas despojando de tus prejuicios y se forja tu opinión madura sobre la sociedad con la que estás interactuando. Más allá de las visicitudes de tu estancia, a estas alturas se desarrolla un profundo sentimiento de gratitud por la experiencia que estás viviendo, porque ya aprecias hasta qué punto es personal además de académica.

Es a partir de entonces cuando podemos considerar que estás en medida y posición de dar una opinión razonada y experta sobre la cultura japonesa. Ya sabes cómo piensan los japoneses, conoces su comportamiento y eres caaz de anticiparte a sus reacciones. Conoces el protocolo en el trato; sabes qué hay detrás de cada gesto o respuesta y sabes lo que esperan de ti. Puedes aplicar todo eso a contextos académicos (para trabajar allí o aquí), intelectuales (para identificar connotaciones en una traducción) y de negocios (para poder conducir con éxito una reunión con empresarios japoneses).

No son fases conscientes, son cambios que se dan y que a unos les pueden llevar más tiempo que a otros, según su actividad, inquietudes y contactos. Pero son cambios en de mentalidad necesarios para cualquiera que tenga intención de convertirse en un experto en  Japón más que un “consumidor de Japón”.

En el caso particular del traductor, aparte de tener que dominar la “metacomunicación” en reuniones, etc. y tener cierta soltura a la hora de interpretar comportamientos, ocurre con frecuencia que nos encontramos con referentes culturales que no son tan fáciles de identificar si no estamos en contacto permanente con la actualidad japonesa: cuestiones de política, comentarios basados en la televisión, expresiones que se ponen de moda o simplemente alusiones a libros y ensayos que acaban de publicarse.

El traductor tiene sus recursos y, cuando ha convivido con la sociedad japonesa sabe identificar de dónde puede venir un  contexto que le parezca novedoso; ese nivel de comprensión, ya no de la lengua sino de la forma de pensar y de las influencias que el uso de la lengua puede recibir de los medios, tiene un valor incalculable.

Becas como la Monbusho son una invitación a convertirnos en expertos en Japón, en su cultura, lengua y sociedad. A crecer allí en el plano personal; a madurar académica e intelectualmente.  Casi siempre, poco después de llegar, uno se enfrenta a una crisis personal, aunque no la identifique como tal, y que con el tiempo descubra lo que quería en la vida o al menos, qué relación quiere tener con Japón.  Lo he visto en estudiantes de licenciatura que venían para un año; en recién licenciados y en compañeros investigadores de 35 en adelante.

Como mínimo, tenemos el deber de ser el puente cultural que comunique Japón con nuestros respectivos países, en el ámbito que nos corresponda, ya sea biotecnología o literatura comparada. Admiro profundamente a aquellos que deciden quedarse en Japón y hacerlo a la inversa; es muy valiente por su parte. Los que volvemos, tenemos el deber de difundir nuestra experiencia y conocimientos, sea cual sea la conclusión que hemos extraído de ella. Se lo debemos  y nos lo debemos.

Zona de Ueno, Tokio.

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