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Divagaciones

Tempus fugit o la cena del cole

 

 

Pues sí pues sí. Fui a la cena del cole. Con esa gente que hacía dieciocho años que no veía. Ésos con los que solía jugar cuando tenía pocos años y que de pronto, allá por los 13 o así, ya no saludaban porque eran demasiado estupendos, o se metían contigo, o te cogían aparte en el recreo y te decían que les gustabas. Esa gente que pensabas que no te aportó gran cosa y que menos mal que los ibas a perder de vista, aunque qué pena por el chico que te gustaba en secreto, que ya no podrías mirarlo jugar al baloncesto mientras te comías el sándwich.

Y sin embargo, dieciocho años después los ves. Señores y señoras ya, con sus hijos, sus hipotecas, sus trabajos. Han compartido mesa, clase, curso, patio, clase de gimnasia contigo durante 14 años (inciso: en el Liceo Francés se estudia desde preescolar hasta COU, si tienes lo que hay que tener, claro). Sabías en qué sacaban buenas notas, qué profesor les tenía manía (o a cuál sacaban de quicio más bien), qué se traían para comer y por dónde se ponían en el recreo; más adelante, por dónde salían los viernes. Algo queda de todo eso. No puede ser de otro modo. Pero en mi caso, no me había dado cuenta hasta el viernes pasado, en la cena que se organizó para nuestra promoción, la del 94.

Vía Facebook había recuperado el contacto con algunos compañeros, pero otros ni siquiera tienen Facebook y les había perdido la pista totalmente. ¿Se puede no tener Facebook? Bueno, en cualquier caso, fue una grata sorpresa poder hablar con todos, enterarme de cómo les va, y mejor aún, saber que les va bien, a grandes rasgos, porque en un rato tampoco se puede profundizar demasiado. Para eso hay que quedar a tomarse un café que derive en cena y copa. Durante la cena pude recordar que esas personas formaron parte de mi vida y cuál fue mi relación con todos ellos durante esos años. Algunos comentaron que fue como entrar en un túnel del tiempo y volver a la adolescencia. Para mí no exactamente (Dios me libre de volver a la adolescencia); fue más bien una especie de reconciliación con el pasado, de redescubrimiento del aprecio que sentía por algunas de las personas que estuvieron en él, desde la perspectiva adulta. Personas a las que no sabía que echaba de menos y a las que, sin embargo, preferiría tener en mi vida ahora o al menos no haberles perdido de vista tanto tiempo. Ahora cada uno tiene su vida y no creo que se pueda recuperar el tiempo perdido; de ahí que me quedara con una sensación agridulce pese a que me lo pasé en grande entre actualizaciones, confesiones y amistades reencontradas.

Tengo que decir que las chicas en general estaban igual que en el cole o mejor, pero los chicos… muy “señores”, muy padres, salvo excepciones. Supongo que dentro de unos años tocará enmendar este post, cuando nosotras también pasemos la barrera de la minifalda y saquemos las perlas del joyero. O no, si seguimos las recomendaciones de Pamela para no actuar como viejas.

Sería muy cursi decir que os quiero, y además sería mentira, pero está claro que el roce hace el cariño, eso es así, y el tiempo lo difumina pero no lo borra. Un abrazo a todos.

 

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