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Divagaciones, Yo, traductora

Desfase generacional

Tengo una amiga que después de estudiar Derecho y de ejercer, estudió Traducción. Es un poco chunga, o eso le dicen. Me recuerda a una compañera de carrera, que era mayor que todos los de mi clase: cuando empecé primero, ella tendría unos 35 años y era psicóloga. Siempre se quejaba porque no nos exigían lo bastante, y cuando lo hacían, la gente protestaba. Sin embargo, la licenciatura en Traducción no era ni es una “carrera difícil”, siempre y cuando llegues a ella con un cierto nivel y unas costumbres de trabajo y estudio concretas, las mantengas, y asistas a clase. Es principalmente práctica, por tanto, donde se aprende es en clase. Con ir y hacer lo que te manden debería bastar. Obviamente si “te lo curras”, ya estás haciendo más que la media. Volviendo a mi compañera de promoción, yo creía que lo hacía para darse importancia y me molestaba que interrumpiera las clases porque se perdía tiempo. Y lo que yo quería era aprender todo lo posible y cuanto más, mejor.

Mi amiga la chunga es un poco como la psicóloga: insiste en que los profes den caña cuando los estudiantes prefieren que todo sea fácil, llevadero y les permita conseguir un título de traducción sin demasiado esfuerzo. Pues bien, si en aquel entonces le parecía que se tendía a la ley del mínimo esfuerzo y que eso bajaba el nivel general, ahora se tiraría de los pelos como lo hace la chunga de mi amiga. Y así estamos.

Hace ya unos diez años que evalúo candidaturas de traductores tanto para realizar prácticas como para trabajar; por desgracia, en ese tiempo el nivel no ha hecho más que empeorar. ¿Cómo pretende la universidad que confiemos en las nuevas generaciones? Me dicen los profesores que el nivel con el que el estudiante llega a la facultad es nefasto. Desde luego que tiene que serlo porque hasta el nivel de algunos traductores con máster es lamentable. ¿Pero entonces cómo es que aprueban?

Me parece grave que al iniciar las prácticas de máster —atención, no de licenciatura, ni siquiera de grado, sino de máster—, los traductores tengan problemas de redacción (ortografía, concordancia verbal, gramática, sintaxis). Puedo aceptar que eso no es responsabilidad de un grado en traducción, porque no se enseña a escribir sino a traducir, y el bagaje cultural y lingüístico de cada uno es el que es y viene “del cole”. Vale. Pero razón de más: si no tienes ese bagaje… ¿cómo *xlsl@! has llegado hasta ahí? Si lees un texto y no lo entiendes, o no lees directamente; si te tienen que explicar las normas de acentuación o de concordancia verbal, los nexos o las subordinadas. A una licenciatura en traducción hay que llegar con eso sabido.

Pero es que aparte del bajo nivel con el que se accede a los estudios de traducción, a mí me da la impresión de que algunos docentes enseñan a medias; como si no quisieran desprenderse de sus “trucos” de profesión. ¿A qué viene ese proteccionismo? ¿Hemos perdido de vista que el profesor es una fuente de sabiduría (o eso se supone) de la que debe beber el alumno? ¿Que damos clases para enseñar, no para alardear, especialmente si el alumno paga por ello? Cuando uno no quiere exponer sus herramientas y su savoir-faire, no se mete en la docencia. Sea como sea, lo que no debería hacer una universidad es graduar a traductores que no saben identificar referentes culturales, problemas de traducción, contextos. ¿Cómo pueden dejar que los  estudiantes que no dominen eso pasen a otro nivel?

Pues nada, en vez de ayudar al estudiante a que mejore, se baja el nivel. ¿Por qué? Bueno, como todo este post, es una pregunta retórica, que viene a ser “¿Por qué tienen que hacer las cosas así (de mal)?”.

El caso es que o bien alguien en la cadena educativa no está haciendo las cosas como toca, o bien los estudios de Traducción se han convertido en un coladero, o lo segundo es consecuencia de lo primero. ¿Es que pagar un máster te garantiza que lo apruebes? ¿Es que los profesores no suspenden ya a los que no saben traducir? A este paso, ningún estudiante de traducción será consciente jamás de sus limitaciones; igual hasta se piensan que lo hacen bien y nadie los ha sacado de su error. Y nos dejan a las empresas la bonita tarea de darles el pésame.

Si un estudiante no sabe que no sabe escribir, y se lo tienen que decir en unas prácticas de máster o en una prueba de traducción, es evidente que no solo no se había dado cuenta de que tenía un problema sino que el sistema educativo está apoyando la no resolución de esa lacra o, en otras palabras, la progresión de la mediocridad hacia la vida profesional.

Con este panorama, los estudios de posgrado se devalúan de forma alarmante. Y para mí más, después de comprobar en primera persona lo que se exigía en el plan antiguo (trabajo de investigación y DEA) y lo que se exige hoy a los del plan Bolonia. Lo que van a conseguir es que para los empresarios que contratan traductores no signifique nada que un traductor tenga un máster. Nada más allá de que lo ha podido pagar.

Ojalá en todos esos másteres que tanto han proliferado, todos los traductores salgan diciendo que dominan lo que han estudiado, que les ha servido mucho y que sea verdad. Me conformo con que eso deje de ser una utopía, porque las empresas no pueden enseñarles a traducir, están para enseñarles el ejercicio de la profesión. Son cosas distintas. Sin embargo, salvo excepciones, no están preparados para eso y mucho menos para volar solos. Y lo peor es que no lo saben.

O igual es que ahora yo tengo la edad de la psicóloga y los veo a todos muy verdes. Pero quiero darles esa oportunidad que nadie les da; quiero enseñarles lo que significa ser traductor; quiero que mis 15 años de oficio sean un libro de consulta para ellos; quiero contarles la verdad; quiero confiar en la formación universitaria, para que la formación profesional que les demos posteriormente las empresas funcione y sea un complemento, no un masillado exprés de los agujeros que deja la facultad.

Así que es hora de ponerse las pilas, dentro o fuera de la universidad. Esos graduados a los que, en ciertos casos, no han evaluado con sinceridad son el futuro de este oficio y es nuestro deber (universidad y empresa) hacer que aprendan lo que no saben antes de salir al mundo real. Y si no son válidos, deben saberlo y ser conscientes del daño que pueden hacer si llegan a ejercer. Dejemos la doble moral para la religión y la política.

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