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Divagaciones

It’s dangerous

It’s dangerous to go alone. Take this.

Pero en vez de una espada me dieron un anillo. Siempre he dicho que la gente no cambia, lo que cambian son sus circunstancias.

Yo pensaba que la felicidad se podía construir sobre los éxitos profesionales. No me veía haciendo nada más que trabajar en lo que me apasionaba, dirigiendo a gente a la que también le encantaba su trabajo. No me hacía falta más. No me interesaba tener pareja, no quería ni oír hablar de compromiso. Nunca he sido de las que comparten todo con los amigos y por tanto los cuidaba, pero a menudo con cierta distancia. Desde que empecé a trabajar en traducción, vivir de ella y disfrutar de todo lo adyacente ha sido mi prioridad. Junto con emprender los proyectos que me motivan en la vida para no estancarme y para seguir aprendiendo. O sea, más trabajar. Pero de un tiempo a esta parte la gente se sorprende de que no esté en todos los saraos. De que no hable tanto de traducción. De que en el tuiter no esté activa como traductora sino como yo misma.

No es que trabaje menos, es que ahora tengo más frentes abiertos. Sí es cierto que he dejado atrás cosas que me gustan pero que me impiden seguir adelante en otras direcciones, como la traducción de manga o la traducción audiovisual (no así la adaptación, que es de lo que más hago ahora en el ámbito de la traducción). Antes solía ir a todos los actos universitarios o profesionales que podía; ahora no es mi prioridad. Desde que estudié edición y lancé mi propio proyecto editorial, he descubierto que me apasiona tanto como la traducción y que me llena muchísimo, tanto porque es una labor creativa como por el hecho de que se vende un producto (no un servicio): eso era nuevo para mí. Y sobre todo, por la cantidad de gente que se llega a implicar en la edición de un libro. Es como dirigir una orquesta. Sólo que los resultados son más tangibles, trae más satisfacciones y, como directora, puedo dejar una mayor impronta que dirigiendo mi empresa de traducción, donde quizá mi huella queda más diluida.

Sigo siendo una persona a la que le cuesta desconectar, creo que siempre lo seré. Pero hace un par de años me di cuenta de que necesitaba enfocar las cosas de otra manera. Me había cansado de hacer cosas que no me interesaban, que no me compensaban o que sabía que acabaría haciendo a desgana. Tal vez el detonante fue mi padre, que por desgracia me necesitó en sus últimos años y quise dedicarle tiempo. Empecé a seleccionar mejor los trabajos que aceptaba o las actividades en las que me implicaba, para blindar mi tiempo. Ese tiempo empezó a tener más importancia que antes. Quizás esto hubiera sucedido igual sin todo este contexto, por la mera evolución tanto fisica como mental hacia la madurez, no lo sé. El caso es que de algún modo mis circunstancias precipitaron los acontecimientos. Dejé Barcelona y me volví a Valencia, mi ciudad natal, con ganas de estar más cerca de la familia, de volver a descubrir mi ciudad, de tener más vida fuera del trabajo y de vivir tranquila (aunque mis parámetros de tranquilidad no suelen coincidir con los estándar). En cierto modo, durante mi etapa barcelonesa, tal vez me refugiaba en mi trabajo y lo convertía, inconscientemente, en una excusa para no dejar entrar en mi vida a nadie nuevo. Tal vez no tenía espacio para nada más, pero me decidí cambiar el curso de los acontecimientos. Hace un tiempo lo comenté y ahora vuelvo a leerlo y me sonrío: es como si las cosas hubieran pasado según lo planeé, pero no. Sólo desvié un poco el timón.

Unos meses después empezó a cobrar fuerza mi proyecto editorial: nuevas ilusiones y nuevos retos. Conocí gente nueva, retomé viejas amistades repartidas por el mundo. Y lo que nadie hubiera esperado nunca: apareció un tío en mi vida, cuando ya todos me habían dado por imposible. “Es tipo A”, “No le interesan los hombres”, “El síndrome de Peter Pan”, “Sólo le interesa trabajar”. Que sí, que todo eso existía, y tampoco era un problema, ni lo sería si aún me sintiera así: cada cual vive como quiere o como le dejan. Pero es que mi contexto ya no es el que era y moví ficha. Ese tío que por casualidad entró en mi vagón es el que ahora me acompaña en la vida y me aporta algo que no me da el trabajo, ni los amigos, ni los méritos académicos. Es una especie de apoyo incondicional que lo complementa todo a la perfección (¿¿Amor?? Yuck! Yo no he dicho eso). ¿Que podría prescindir de esas cosas? Claro. Pero no quiero. Antes mi vida me ofrecía un abanico de posibilidades y ahora ese abanico contiene otras opciones. Es una elección al fin y al cabo. It’s all about choosing.

Las personas no cambian. Cambian sus circunstancias. Y las mías ahora se resumen en que quiero disfrutar de mi trabajo sin quemarme, sin cabrearme; sacar el máximo partido a mi tiempo, tanto el que tengo libre, que comparto con las personas con las que me apetece estar porque me aportan algo valioso, como el que dedico a mis proyectos profesionales. Tal vez haya aprendido por fin a decir “no”, y a pasar página: no voy a perder mi valioso tiempo con gente interesada, trepas y demás fauna carente de honestidad que se me acerca. Tengo claras mis opciones y las escojo yo.

Curiosamente, he aprendido a decir no al tiempo que, en otro contexto, dije que sí. La casualidad no existe. Hitsuzen dake: sólo lo inevitable.

 

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